Del miedo surgió la fuerza y la determinación para resistir (*)

Una mujer, diez mujeres, cien mujeres, mil mujeres…106,474 mujeres, que son más o menos el total de las peruanas que se auto identifican como indígenas amazónicas (INEI. Censos Nacionales 2017), han tenido miedo, todavía tienen miedo. ¿Has sentido el temor de que algún día que todo tu pueblo pueda desaparecer? ¿Por qué se están muriendo? Tienen enfermedades que les hacen vulnerables, enfermedades que han adquirido por comer la dieta mestiza y por consumir los peces y el agua contaminada por las mineras: diabetes, hipertensión, enfermedades del estómago, del corazón, de los pulmones. La pandemia les encontró con el sistema inmunológico debilitado. No es una muerte, son todas las muertes, es la muerte de todas, de todos, es la desaparición de la sabiduría, de la energía, de los colores, los sonidos, del amor que habita en los bosques amazónicos. ¿Dónde se irán los espíritus que habitan esos cuerpos y dónde quedarán los ojos que cada mañana miran el bosque, las voces que le cantan y hablan a las plantas, a las aves, al agua, las manos que preparan los cántaros, el alimento, y que dibujan el kené?

Miedo. “Nos va a matar, porque eso viene de afuera”. De un día para otro llegó esa enfermedad, se activó el temor ancestral y las comunidades hicieron exactamente lo mismo que las preservó desde la llegada de los europeos: volver al bosque, refugiarse, aislarse allí. Resistir. Pero esta vez, la enfermedad les alcanzó en las ciudades, y se metió en medio del bosque a través de los cuerpos de los madereros, los papayeros, y de las autoridades que llegaron a repartir víveres.

Entonces las mujeres amazónicas tuvieron que luchar no solo contra el Coronavirus, lo hicieron también contra el abandono del Estado colonial, patriarcal, liberal, que tenía a las postas debilitadas, sin medicina occidental, sin personal capacitado y en número suficiente. Las mujeres indígenas no podían dormir, el miedo y el trabajo de cuidado las mantuvo en vigilia. Se organizaron para atender, se reunieron para ayudar, visitaron cada casa donde se había metido la enfermedad, cuidaron de su familia, de su comunidad, entre los pueblos intercambiaron sus conocimientos y recetas, y los compartieron generosamente con quien lo necesitara sin importar si eran indígenas o no. Las hermanas vaporeras enseñaron a otras, y las más jóvenes se han animado a aprender para curar, se han dado cuenta de que hay que caminar por el bosque con las ancianas para seguir aprendiendo, para no olvidar, para sostener la vida de sus pueblos, para seguir resistiendo como lo vienen haciendo desde hace 528 años.

Los medios de comunicación intercultural bilingüe jugaron un papel muy importante, informando, pidiendo a los hermanos y hermanas que se cuiden, que no se expongan, difundiendo las recetas y las recomendaciones.

Las mujeres no quieren bonos, no quieren ser esclavas del asistencialismo, ellas quieren seguir defendiendo su territorio para recuperar el buen vivir, y poder curarse con sus conocimientos, quieren que los servicios de salud reconozcan su aporte salvando las vidas indígenas y no indígenas. Ellas saben que, gracias a la medicina ancestral, a la comunicación, la reciprocidad y a todas las horas dedicadas al cuidado de sus familias y su comunidad, han preservado la salud y la vida de sus pueblos. Dicen “No sé de dónde saco fuerzas para apoyar a mis hermanas”, pero es fácil saberlo: todas se comunican esa fuerza, una fuerza que fluye del bosque a sus espíritus, invade sus cuerpos, sus manos, su medicina, y se convierte en energía sanadora.

La lucha continúa, y ellas siguen allí, preparando el té, los jarabes, las vaporizaciones, los masajes, saliendo a conseguir las plantas, cantando los ícaros. Junto a los hombres nos han demostrado una vez más que el bosque es vida, que, si no protegemos el territorio, el agua, las plantas medicinales, y toda la vida que habita nuestra Amazonía, llegará el día en que todas las personas nos encontremos frente al miedo de nuestra propia extinción.

Patricia Carrillo Montenegro. Agradezco infinitamente a las hermanas Rocilda Nunta Guimaraes (pueblo shipibo conibo) y Ketty Marcelo (pueblo asháninka-yanesha), quienes generosamente compartieron conmigo su experiencia como mujeres indígenas en el contexto de la pandemia.

(*) Artículo publicado en la Agenda Amazonía 2021. Mes de febrero.

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